Y llega el Otoño, quizás mi estación favorita, la estación del año mas poética. Los árboles cansados de luchar contra el tiempo, se abandonan al destino, pierden gran parte de la vitalidad, vencidos, cansados, sus hojas se precipitan al suelo lentamente, al compás de una suave melodía de piano, acompañado por las notas de un triste violin. El frío llega enmudeciendo la vida en el bosque, maltratando con su gélido viento los últimos estertores del Verano. La vida se apaga, el silencio reina, y los deseos de una vida mejor se convierten en hojas secas, pugnando entre ellas para ser parte de esa bella alfombra de almas caídas que oculta la tierra de donde todos algun día salimos, y a donde algun día volveremos. Nos queda un largo camino que recorrer hasta la Primavera, estación la cual, rescatará a los supervivientes del Invierno, implacable juez, que no tiene reparo en desvelar a sus habitantes de sueños y letargos para conducirlos al final o a la continuación de sus vidas. Pero todavía queda mucho para eso, antes, el Otoño, como buen alumno de Morfeo, hechiza a las almas para caer subitamente en un paréntesis de emociones, para congelar casi por completo los latidos de la savia. Ante el, nos descubrimos desnudos, sin abrigo, cansados y extenuados de calor y sequías, a la espera de una nueva oportunidad para florecer, a la espera de un nuevo amanecer...